El templo del mar
Una de las primeras cosas que nos llamo la atención mientras recorríamos las calles de Bali, fue que cada casa contaba en su exterior con una gran caña de bambú llena de flecos de colores, sahumerios, flores y hasta comida servida en una suerte de plato hecho con hojas verdes. Cuando comenzábamos a creer que tal decoración era parte de la arquitectura balinesa, un local nos contó que esa gran caña se llamaba Penjor y que decoraba las entradas de los hogares en fechas célebres.
El comienzo del verano coincide con las fechas más importantes de la religión hinduista, predominante en la isla, ya que se espera la llegada de la luna llena. Cuando ello ocurre, los creyentes peregrinan hasta los templos y ofrecen agasajos a los dioses, en agradecimiento por una vida pacífica y libre de sufrimiento. Resultó ser que sin planearlo, habíamos llegado a Bali durante un período sagrado.
Cuando preguntamos en el pueblo a qué templo podíamos ir a presenciar alguna de las ceremonias, nos recomendaron ir a Tanah Lot, a 20 kilómetros de Kuta, el centro turístico de la isla. La prisa por llegar no nos dejó averiguar mucho más que el camino que debíamos tomar. En unas motos que alquilamos, nos aventuramos a atravesar el descontrolado tráfico que domina las calles de la ciudad. En el medio de una sinfonía de bocinas, frenadas y con nada más que un un croquis de la ruta en la mano, nos dirigimos hasta la zona de Tabanan, en busca del lugar.
Después de casi una hora atravesando campos de arroz y esquivando los pozos de las calles de tierra, llegamos ilesos a destino y pudimos apreciar una obra arquitectónica conjunta entre la mano humana y el toque de la naturaleza. Es que como su traducción lo indica Tanah Lot es “tierra rodeada de agua”, una formación rocosa en el medio del mar, que en su cumbre alberga un templo construido en el siglo XV y moldeado a partir de allí por la erosión del océano.
En los acantilados que funcionan como plateas con vista al Tanah Lot, aguardamos a que la marea baje y nos permita caminar los cincuenta metros que separan al templo de la costa. Allí fuimos advertidos acerca de las serpientes que, según cuenta la leyenda, custodian la entrada de intrusos malignos. A pesar de no saber cuánto había de mito y cuánto verdad en esa advertencia, cuando las olas se retiraron mar adentro, ingresamos al templo junto con otro centenar de personas. La mayoría de ellas se dedicó a rezar en un ambiente rodeado de sahumerios y gritos en forma de plegaria; en nuestro caso, nos volcamos a apreciar la la arquitectura china en cada uno de los rincones de la construcción, que servían de “fondo” para un acto religioso que jamás habíamos presenciado.
De vuelta en la costa, las ceremonias se seguían sucediendo. En un lado, cientos de personas acercando sus ofrendas a los sacerdotes. En otro, una veintena de músicos con coloridas túnicas haciendo sonar tambores, gongs, xilófonos y otros instrumentos, representando un ensamble musical denominado “Gamelan”. Para cada lugar que mirábamos algo sucedía. Niños alzados en brazos, gente sosteniendo serpientes, danzas, musica, ofrendas. Todo, con el imponente templo como testigo silencioso.
Poco a poco, el sol se fue poniendo en el horizonte, y la tarde nos regaló uno de los mejores atardeceres que jamás vimos. Mientras tanto, la marea se encargó de volver a dejar el lugar en completa soledad. Sin turistas, sin creyentes. Un clima de paz y tranquilidad se volvió a instalar para darle descanso al Templo del Mar.















