Mayo 21, 2009

El templo del mar

Categoría: Otros artículos proyectokiwi - 8:52 am

Una de las primeras cosas que nos llamo la atención mientras recorríamos las calles de Bali, fue que cada casa contaba en su exterior con una gran caña de bambú llena de flecos de colores, sahumerios, flores y hasta comida servida en una suerte de plato hecho con hojas verdes. Cuando comenzábamos a creer que tal decoración era parte de la arquitectura balinesa, un local nos contó que esa gran caña se llamaba Penjor y que decoraba las entradas de los hogares en fechas célebres.

El comienzo del verano coincide con las fechas más importantes de la religión hinduista, predominante en la isla, ya que se espera la llegada de la luna llena. Cuando ello ocurre, los creyentes peregrinan hasta los templos y ofrecen agasajos a los dioses, en agradecimiento por una vida pacífica y libre de sufrimiento. Resultó ser que sin planearlo, habíamos llegado a Bali durante un período sagrado.

Cuando preguntamos en el pueblo a qué templo podíamos ir a presenciar alguna de las ceremonias, nos recomendaron ir a Tanah Lot, a 20 kilómetros de Kuta, el centro turístico de la isla. La prisa por llegar no nos dejó averiguar mucho más que el camino que debíamos tomar. En unas motos que alquilamos, nos aventuramos a atravesar el descontrolado tráfico que domina las calles de la ciudad. En el medio de una sinfonía de bocinas, frenadas y con nada más que un un croquis de la ruta en la mano, nos dirigimos hasta la zona de Tabanan, en busca del lugar.

Después de casi una hora atravesando campos de arroz y esquivando los pozos de las calles de tierra, llegamos ilesos a destino y pudimos apreciar una obra arquitectónica conjunta entre la mano humana y el toque de la naturaleza. Es que como su traducción lo indica Tanah Lot es “tierra rodeada de agua”, una formación rocosa en el medio del mar, que en su cumbre alberga un templo construido en el siglo XV y moldeado a partir de allí por la erosión del océano.

En los acantilados que funcionan como plateas con vista al Tanah Lot, aguardamos a que la marea baje y nos permita caminar los cincuenta metros que separan al templo de la costa. Allí fuimos advertidos acerca de las serpientes que, según cuenta la leyenda, custodian la entrada de intrusos malignos. A pesar de no saber cuánto había de mito y cuánto verdad en esa advertencia, cuando las olas se retiraron mar adentro, ingresamos al templo junto con otro centenar de personas. La mayoría de ellas se dedicó a rezar en un ambiente rodeado de sahumerios y gritos en forma de plegaria; en nuestro caso, nos volcamos a apreciar la la arquitectura china en cada uno de los rincones de la construcción, que servían de “fondo” para un acto religioso que jamás habíamos presenciado.

De vuelta en la costa, las ceremonias se seguían sucediendo. En un lado, cientos de personas acercando sus ofrendas a los sacerdotes. En otro, una veintena de músicos con coloridas túnicas haciendo sonar tambores, gongs, xilófonos y otros instrumentos, representando un ensamble musical denominado “Gamelan”. Para cada lugar que mirábamos algo sucedía. Niños alzados en brazos, gente sosteniendo serpientes, danzas, musica, ofrendas. Todo, con el imponente templo como testigo silencioso.

Poco a poco, el sol se fue poniendo en el horizonte, y la tarde nos regaló uno de los mejores atardeceres que jamás vimos. Mientras tanto, la marea se encargó de volver a dejar el lugar en completa soledad. Sin turistas, sin creyentes. Un clima de paz y tranquilidad se volvió a instalar para darle descanso al Templo del Mar.

Mayo 8, 2009

Locos x el futbol

Categoría: Otros artículos proyectokiwi - 6:47 am

A nuestro alrededor se ven jóvenes de diferentes lados del planisferio. Mujeres de Suecia, Noruega, Australia, roban las miradas de los cientos de hombres que decidieron terminar un día de playa y surf en unas de las discos de moda de esta isla. Entre tanta cabellera rubia y acento inglés, lo vemos a él. Morocho, con una cerveza bajo el brazo y unas facciones que delatan de que parte del mapa viene. Nos acercamos. En una apuesta a nuestro instinto, le hablamos en castellano. Efectivamente, estamos en lo correcto. Es argentino. Es el primero que vemos desde que llegamos a esta isla. Entre el ruido de la música y el juego de luces, nos cuenta que no está de vacaciones en estas tierras, como la mayoría de gente que nos rodea. Esta trabajando. Pero la sorpresa fue aun mayor cuando nos enteramos de qué: futbolista.

Precalentamiento El sol se empieza a esconder bien a lo lejos, como si decidiera apagarse de una vez por todas después de un largo día de trabajo. Poco a poco los que disfrutaron de su calor por varias horas, comienzan a enfilar hacia sus hoteles para prepararse para la noche. Sin embargo, algunos deciden estirar la estadía playera por un rato más. Dentro de ese grupo están Ricardo Díaz y Adrián Trinidad, dos argentinos que decidieron venir a probar suerte al cuarto país más poblado del mundo. Por estos días el fútbol indonés está de receso y ellos, a pesar de que están de vacaciones, deciden jugar diariamente para no perder el ritmo.

Primer Tiempo ¿Cómo habrán llegado hasta acá?, es la primer pregunta que nos hacemos al tenerlos sentados en frente nuestro, en una ronda de mates. Adrián, que hace cuatro años dejó el país, no tarda en contestar y dispara: “Jugué cinco años en Flandria, Primera B, la luché como muchos pibes en Argentina, pero a veces el fútbol va mas allá de las condiciones y depende de los representantes o de la suerte. Tenía 20 años y un ex compañero mío me contactó con un empresario de Indonesia que se encargaba de meter jugadores en la primera de ese país. Cuando me ofreció venir no lo dudé ni un segundo. Iba a ganar 30 veces más de lo que me estaban pagando y podía aprovechar una experiencia de vida única”. “Acá esta lleno de pibes argentinos, chilenos y brasileños que vienen a vivir de lo que les gusta hacer: jugar al fútbol”, interrumpe Ricky, que desembarcó hace seis años en estas tierras luego de probar suerte en varios equipos del fútbol argentino entre los que se destacan: San Miguel e Independiente Rivadavia de Mendoza, ambos en el Nacional B.

Este lugar que es conocido mundialmente por sus playas, el surf y la vida nocturna, esconde una pasión entre sus habitantes: el fútbol. “El nivel de competencia, obviamente, no es el mismo que el de argentina, pero tranquilamente se puede comparar con el que hay en los torneos de ascenso. En Indonesia la pasión futbolera es parecida a la argentina. Todos conocen a Maradona, Tevez, Riquelme, Messi, Batistuta, Mascherano y a muchos otros más. Nosotros, los argentinos, somos los que no sabemos nada de los asiáticos porque no tienen nivel para jugar internacionalmente, pero son unos fanáticos”, cuenta Adrián, que es el enganche titular del Persiba de la ciudad de Balikpapan.

Segundo tiempo Indonesia es un país con 250 millones de habitantes de los cuales, su mayoría viven por debajo de la línea de la pobreza, razón por la cual una pelota suele ser el divertimento de decenas de miles de niños. “Una de las cosas más impresionantes de este país es ver como cada partido la gente llena las canchas. Muchas veces no tienen ni para comer, pero se las ingenian para ver al equipo de su ciudad, es el único momento de la semana que se pueden distraer y dan todo por estar ahí. Es muy loco, pero a la vez para nosotros que estamos adentro del campo de juego es impresionante”, remarca Ricky, este delantero de físico similar al de Guillermo Barros Schelotto, que con 30 años asegura que permanecerá un año más en el profesionalismo y después pegará la vuelta para su tan querida Argentina. Otra es la realidad de Adrián, que con 24 años y una larga carrera bajo sus botines, espera poder triunfar en el fútbol local y algún día dar el salto a algún equipo importante de Asia, “Pasé por Australia y Malasia que tienen ligas más poderosas a nivel económico, pero no me pude terminar de acomodar a la vida que hay en esos países. Acá en Indonesia estamos muy adaptados, la gente es humilde, buena y siempre nos trato como si fuéramos nativos. Es difícil irse de un país cuando te tratan tan bien”, cuenta Adrián y agrega que lo más complicado de jugar en la liga de Indonesia es la inseguridad que se sufre cuando se juega de visitante. “No se televisan todos los partidos y cuando jugás afuera, aparte de tener a toda la gente en contra, están los árbitros, que la mayoría de las veces están comprados. Hace un par de semanas murió un jugador luego de que un “planchazo” de un rival le causara un derrame en el estomago. Esta tragedia se tomó en Indonesia como una noticia más” señala un incrédulo Ricky.

La tarde se pierde entre anécdotas, mates e historias. Adrián y Ricardo son dos argentinos que respiran fútbol, aún a miles de kilómetros de su país. No le temen a la distancia ni a los desafíos y encontraron en Indonesia un refugio perfecto para vivir de lo que mas aman: jugar a la pelota. Fin del partido

Abril 26, 2009

Categoría: Otros artículos proyectokiwi - 12:52 pm

Pasaron tres meses y medio. Historias, personajes y anécdotas quedaron atrás. Otra vez tenemos que empezar a armar los bolsos: pasajes, seguros médicos y mapas. ¿La razón? Otra etapa comienza. Un nuevo destino: Asia. Nos vamos de Nueva Zelanda, donde estuvimos viviendo este tiempo. Fueron más de 100 días de trabajo en donde conocimos una cultura diferente a la nuestra.

Hoy arranca algo totalmente distinto. Una vida de mochilero, durmiendo en hostels baratos, camas incómodas y temperaturas de más de 40 grados. Será tiempo de recorrer y caminar por las calles de ciudades que pocos argentinos estuvieron. Días en los que habrá que despertarse muy temprano y acostarse muy tarde con un único objetivo: interactuar con diferentes culturas y poder reflejarlas a través de nuestra web. Pero acá estamos, no nos quejamos, estamos felices y orgullosos de poder arrancar con esta travesía, esta parte tan esperada del proyecto.

Nuestro primer destino será Indonesia, más precisamente la isla de Bali. Desde allí, la capital del surf mundial, volveremos a dar señales de vida para contarles todo acerca de nuestro debut en el continente asiático.

Abril 24, 2009

Carne de primera

Categoría: Argentinos por el mundo proyectokiwi - 5:33 am

Cuando se le pregunta a un argentino que vive en el exterior qué es lo que más extraña de su país, las respuestas suelen variar: muchos dicen la familia, otros el fútbol, el dulce de leche, el mate o el tango. Sin embargo hay una respuesta que siempre es común a todos: no hay nada que se extrañe más que un buen asado criollo.

Hace cuatro meses un experto en la materia desembarcó en Nueva Zelanda para cambiar la historia. Su nombre es Iván y asegura: “el problema no es la carne en sí, el problema son los cortes. Las vacas de Argentina y las de acá se crían y se alimentan de manera similar, pero en Oceanía cortan la res de una manera diferente que no la hace tan sabrosa como la nuestra. Además tiran todos los intestinos a la basura por cuestiones sanitarias”. Tal vez la precisión de su respuesta deslice un tono de frialdad, pero cierra con un “¡Estos tipos no saben lo que se pierden!”, que garantiza es otro argentino más lejos de casa.

El calificativo “experto” no es caprichoso. Él no es unos de esos que se acercan al asador y le dicen “Che, me parece que a eso le falta fuego”. No, Iván es carnicero y asador de oficio. Oriundo de Isidro Casanova, Provincia de Buenos Aires, a los 13 años dejó el colegio secundario porque según él los libros no eran lo suyo y desde entonces se dedicó a trabajar para poder darse sus gustos. “Por suerte nunca tuve la necesidad de trabajar para mantener a mi familia, pero no voy a negar que pasamos tiempos duros en los que teníamos que ahorrar hasta la pasta de dientes”, recuerda. Arrancó ayudando en la carnicería de su padre “por diversión” y más tarde se animó a trabajar por su cuenta: a los 15 años decidió poner un delivery de pollos. “Veía que todo el barrio compraba los fines de semana y me animé a poner un cartel en la puerta de mi casa. Tuve meses de muchísimos pedidos y ahí empecé a ahorrar unos pesos”, asegura y agrega que sus primeros ahorros fueron destinados a recorrer Rosario y Tandil con amigos. “A raíz de esa experiencia me di cuenta lo que significaba viajar, pero jamás pensé que iba a llegar tan lejos”.

Con sus 20 años, Iván es otro de los jóvenes que se sumó al furor de los viajes a Nueva Zelanda. “Tenía ganas de venir acá porque me habían contado que era fácil conseguir laburo y que no costaba nada que te den la visa. El problema es que no tenía plata para el pasaje, pero un amigo que trabaja en una aerolínea me consiguió un vuelo muy barato y no lo dudé ni un segundo.”, recuerda. “Cuando llegué, empecé a buscar trabajo por donde arrancan todos: hoteles y restaurantes, pero para eso hace falta un nivel de inglés avanzado y yo todavía andaba flojo, así que me fui a lo seguro, el campo. Mientras esperaba una respuesta a ver si iba a tener que juntar manzanas o uvas, me metí en una carnicería para ver qué vendían y me animé a preguntar si necesitaban a alguien. De primera me dijeron que no porque sólo contrataban a gente que conociera el oficio. Ahí mismo me inspiré con el idioma, les detallé toda mi experiencia y les dejé mi teléfono. Al día siguiente me llamaron y arranqué”, dice casi sin poder creerlo incluso ahora.

Iván reconoce que los primeros días fueron más duros de lo que esperaba “No entendía absolutamente nada, era como empezar de cero, me sentía como cuando mi viejo me pasó por primera vez la cuchilla. Los cortes tienen otros nombres, otros tamaños, otras formas. Ni si quiera parecido a lo nuestro”. Confiesa que al final de la primera semana ya estaba un poco más aceitado, pero que le costó casi quince días poder hacer todo por cuenta propia. “Una vez que agarré confianza le dije a Michael, el dueño, si alguna vez había probado chorizo argentino. Me dijo que no, pero que si me animaba podía hacer una tanda y se lo daba a probar”. Como era de esperar, el embutido criollo no lo defraudó y a la semana lo estaban vendiendo a 23 dólares el kilo, más del doble de lo que se vende el chorizo normal. “Como eso fue un éxito después hice algunos cortes de carne argentinos que también dieron resultado: tapa, tira y cada tanto lomo”, cuenta orgulloso.

Muchos ya lo conocen como el “Argentinian Butcher” (el carnicero argentino) y le encargan cortes por adelantado. “Yo les recomiendo que cocinen la carne bien lento; les traté de explicar nuestra técnica, pero no tienen paciencia para asar la carne 3 horas”. Por este motivo, Iván comenzó a organizar asados para la comunidad del lugar y son todo un éxito “La semana pasada nos llamaron para un casamiento, salió muy bien, hicimos hasta corderito a la cruz. Pensá que para ellos, acostumbrados a comprar la carne congelada del supermercado y tirarla a una parrilla a gas, todo esto es una experiencia nueva. Y ni te cuento si llegamos a conseguir achuras, se van a volver locos”, exclama con expresión de deseo.

Es hora de volver a la carnicería para Iván, se terminó su recreo. El resto del día va a ser agitado y encima hoy tiene el evento más importante desde que llegó: prometió agasajar a esos argentinos que suplicaban por comer un asado “de verdad”. Por suerte, estamos invitados.

Abril 17, 2009

Patinando por un sueño

Categoría: Otros artículos proyectokiwi - 12:19 pm

martin-portadajpg

“Entrenar dos veces a la semana era algo insoportable. Necesitaba descargar energías y quería jugar al futbol, pero no me gustaba que un director técnico me dijera lo que tenia que hacer. Un día me cansé y probé con la patineta de juguete que tenía en casa”, cuenta Martín Di Marco, sentado en el skatepark de Waiheke, Nueva Zelanda. Ya pasaron casi 13 años de aquella vez, su primera experiencia arriba de una tabla. Desde aquel entonces, Martín ha dedicado cada uno de los días de su vida al skate, una práctica con poca difusión en Argentina que obliga a los mejores del país a emigrar hacia otros destinos, en busca de logros deportivos y económicos.

“No tenia ni idea de como andar. Mis amigos del barrio me llevaron a las rampas del hospital Garraham y ahí empecé a probar. Cada cosa que intentaba hacer me salía. De a poco le fui agarrando la mano y andar en skate se convirtió en algo esencial para mi vida”, señala este joven de 25 anos, oriundo del barrio porteño de San Cristóbal. Su destreza en el deporte creció a la par de su pasión por el dibujo. Las tardes interminables sobre la tabla se coronaban con noches solitarias de pintura. Martín tenía bien en claro que quería explotar su faceta artística, pero por momentos pensaba en eso como una utopía. “En Argentina, intentar vivir de un deporte extremo como el skate o bien del dibujo es algo casi imposible”, argumenta Martín y agrega que el objetivo de probar suerte en otro país siempre fue una meta: “Nunca me había sido posible viajar, hasta que el año pasado se me presentó la posibilidad de venir a Nueva Zelanda y no tardé ni un día en sacar el pasaje”.

En más de doce años de dedicación, Martín, pasó por todo tipo de torneos, competencias y centros de skate de Buenos Aires. La necesidad de viajar surgió a raíz de proponerse nuevos objetivos, ya que “sentía que en Argentina había tocado techo”. Así fue como renunció a su trabajo de vendedor en un local de skate, agarró algo de ropa, sus tablas, sus lápices para dibujar y se marchó. “Viajar por Nueva Zelanda me dio la posibilidad de conocer mucha gente y mostrar lo que hago. Pero no me puedo olvidar que tengo que morfar, así que conseguí un trabajo de lavacopas, que debe ser el peor laburo del mundo, pero me ayuda a sobrevivir para seguir luchando por mi sueño”, cuenta mientras descansa al costado de la pista de skate donde entrena en cada uno de sus momentos libres.

El hecho mas trascendente de su viaje ocurrió hace un mes, cuando le llegó la invitación para poder participar de una exhibición con sede en Australia, a la que asisten los mejores skaters del mundo. Sin dudarlo un segundo, Martín voló rumbo Sydney y exhibió lo que sabe hacer. “Cumplí un sueño. Patinar con los más grosos del planeta es algo que ya no me puede sacar nadie. Me pude mostrar delante de mucha gente importante y eso es clave. Recibí varias propuestas, tanto como para desarrollar mi carrera deportiva como para explotar mi faceta como dibujante. Algunos diseñadores de ropa del ambiente me propusieron que les presente bocetos de mis trabajos para contratarme como dibujante para sus marcas”.

Mientras cuenta con orgullo cada uno de los detalles de su viaje por Australia, Martín se transforma: los ojos le brillan, su voz se escucha diferente y hasta esboza una sonrisa distinta. Martín tendrá que seguir luchando, el sabe que es un camino largo y complicado pero parece no importarle las piedras que tenga que saltar mientras pueda seguir haciendo lo que mas le gusta: andar en skate.

Marzo 27, 2009

Callejero soy

Categoría: Otros artículos proyectokiwi - 3:21 pm

Andrew anda siempre con el mismo jean roto, un saco avejentado y una gorra que tiene más años que él. No tiene dirección, ni residencia fija. Él mismo sentencia que su lugar en el mundo es la calle. “Toco allí porque no existen jefes ni horarios”, cuenta mientras desenfunda su guitarra de un estuche pintarrajeado con aerosol naranja.

Más conocido como Andy Blues, este músico de largos 40 años ha recorrido el mundo cantando en esquinas de grandes ciudades como también en remotos pueblos perdidos. “Estuve en muchos lados, desde Londres hasta la India. Cada lugar es diferente y tiene su encanto propio, pero mi favorito es Escocia.”, agrega Andy, ya que para él “no existe un público tan receptivo como el que camina por las calles de Edimburgo”. “Sobre todo los jóvenes se quedaban escuchando horas mientras yo improvisaba acordes en la puerta de algún negocio de por ahí”, resalta mientras apaga uno de un cigarrillo y sin perder tiempo empieza a enrolar uno nuevo.

Nacido en plena década del 60 en un suburbio de Auckland (Birkinhead), Andy se crió escuchando rock. “Mis canciones de cuna fueron los temas de Dylan y Hendrix. Creo que sabía tocar la guitarra antes de aprender a sumar”, confiesa. y agrega: “Mi padre era músico y de él herede la pasión por las cuerdas. Cuando tenía sólo cuatro años me compró mi primer instrumento y desde ese momento nunca dejé de tocar”.

Empezó zapando en las calles de Auckland a los 19 años. Gracias a la espectacularidad de sus temas combinada con la generosidad de la gente que tiró algunas monedas en su gorra, en poco tiempo logró ahorrar dinero para viajar. Su primer destino fue Los Ángeles. “Estados Unidos fue un buen comienzo. Luego seguí camino a Europa y más tarde a Asia. Viajé por más de 16 años”, recuerda.

Hace algunos años Andrew volvió a Nueva Zelanda, más precisamente a Waiheke Island. En esta pequeña isla deleita hoy a quienes caminan por los cafés y bares de la zona céntrica, aunque revela que en poco tiempo viajará a América Latina “Espero conocer a muchos músicos criollos”, dice.

Con un poco de suerte tal vez se lo crucen por alguna peatonal de Buenos Aires y recién ahí entenderán por qué es imposible no detenerse a escuchar cuando Andy hace sonar su guitarra.

Marzo 25, 2009

Te llevo en la piel

Categoría: Otros artículos, Personajes proyectokiwi - 5:33 am

Si esto se tratara de un juego, pocos acertarían la profesión del hombre de la foto. Probablemente nadie diría que Daniel se dedica a la docencia: es profesor de cultura Maorí en uno de los primarios de Waiheke. - La extravagancia de su tatuaje puede llegar a incomodar a cualquiera que le hable cara a cara. Una mezcla de prejuicios nos acompañan desde el comienzo de la nota.-

Daniel nos recibe una mañana en su casa. Nos invita a sacarnos las zapatillas antes de entrar, en señal de respeto al ingresar en una casa maorí. En la mesa del comedor nos espera junto a su esposa, Allanah, con unos cafés calientes. Sin vacilar, su primera confesión es que acaba de terminar de fumar marihuana con su mujer y que por eso no quiere que le tomemos fotos. - Maorí, fumado, tatuaje en la cara. ¿A dónde nos metimos?, nos preguntamos los tres en silencio.-

La entrevista comienza y con el correr de los minutos nos damos cuenta de por qué Daniel eligió ser maestro. Su forma de hablar, pausada y lenta, delatan la elaboración de cada respuesta. “Toda mi vida supe que debía hacerme este tatuaje para fortalecer los lazos maoríes de mi familia. Cada línea que ven, representa una parte fundamental de mi vida y de la historia de mis ancestros”, explica refiriéndose al diseño que lleva en su rostro.

- Nuestros ojos buscan el tatuaje constantemente. Es casi un acto reflejo querer contemplar semejante dibujo en el lugar más visible de cualquier persona: su cara.- Esta marca de por vida, es denominada “Ta Moko”.  Su práctica se remonta a miles de años atrás. “En el caso de los Maoríes el tatuaje es un signo de identidad. Cada diseño une al ser humano con sus antepasados y por eso es único e irrepetible”, cuenta Daniel y agrega: “Originalmente una de sus funciones era alejar a espíritus no deseados e incluso intimidar a enemigos en posibles batallas. Hoy, sigue teniendo el mismo significado. Es mi escudo y mi arma contra aquellos que quieren acabar con mis ideales”. - Mientras, nuestros prejuicios se comienzan a alejar. Nos sentimos cómodos por primera vez de la mañana.-

El día que comenzó a tatuarse la cara tenía 17 años. Sólo su bisabuela se había hecho algo similar dentro de su familia. La tradición del tatuaje facial resurgió en la década del 90 como símbolo de la reafirmación cultural. “Me gustaría que la gente no se preocupe tanto por si tengo la cara tatuada, ando descalzo, o tengo rastas. Todos deberíamos aprender a respetar al otro por lo que es y no por lo que se ve”, sentencia Daniel. - La charla finaliza. Daniel nos saluda pronunciando unas palabras en maorí y nos vamos de su casa. Mientras caminamos por las escaleras que nos llevan a la calle, los tres coincidimos una vez más en que los prejuicios no sirven para nada.-

Marzo 20, 2009

La Era del hielo

Categoría: Otros artículos proyectokiwi - 5:06 am

bar-de-hielo-portada1

Existen muchos bares temáticos. Los hay de música, deportes, cine y hasta de muñecas, pero “Minus 5º”(Menos cinco) se diferencia de todos por su excentricidad: está construido totalmente de hielo.

Desde afuera parece un local más, pero en su interior imita a un iglú super moderno. Para donde se mire, lo único que se observa es hielo. Mesas, sillones, barras y esculturas son tallados a mano por un artista que se encarga de su renovación cada quince días.

Para ingresar se necesitan 20 dólares y un par de pantalones largos, ya que del guardarropas del lugar se pueden tomar prestadas camperas térmicas y guantes. Estos últimos son altamente recomendados para proteger las manos, ya que hasta los vasos donde se sirven los tragos son de hielo.

Si la idea es pasar una noche larga, este lugar no es la mejor elección, dado que por el clima bajo cero, sólo se permite una estadía máxima de treinta minutos. De todos modos, ese tiempo basta para lo que realmente importa: sacar unas cuantas fotos que inmortalicen el exótico momento, siempre y cuando el foco de la cámara no se congele

Al igual que en Auckland, el bar se puede visitar en otras cinco ciudades del mundo: Gold Coast y Sydney, Australia; Las Vegas, EE.UU.; Viseau, Portugal y Queenstown, en Nueva Zelanda.

Un bar diferente a todos, donde poco importa lo que se vaya a comer, tomar o bailar. Un bar, donde todas las miradas apuntan hacia el mismo personaje, el hielo.

Marzo 16, 2009

La leyenda de la guitarra

Categoría: Otros artículos proyectokiwi - 7:44 am

clapton-portada

No hay policías. Tampoco “cuidacoches”. No se escuchan cantitos ni se ven banderas. Parece un día más en esta parte de Auckland. En los bares se ven oficinistas que disfrutan de una cerveza post laboral. En la calle, unos pocos caminan vestidos elegantemente. Lo que se asemeja a una postal de una tarde cualquiera, es la previa del recital de una leyenda del rock mundial: Eric Clapton.

Como ocurre por estos lados del planisferio, la organización no deja de sorprender. Con carteles cada dos cuadras, llegamos en sólo 10 minutos desde el centro de la ciudad hasta el estadio. No hace falta preguntar nada. Está todo a la vista. El lugar elegido, el Vector Arena, un moderno complejo construido hace escasos dos años.

Mientras nos acercamos para ingresar, algo nos vuelve a sorprender. Un hombre a sólo cinco metros de las puertas de entrada sostiene un cartel que dice: “Tickets”. La reventa no conoce de fronteras. Pero con un agregado muy particular, acá es legal.

Una vez dentro, el lugar se parece a un shopping. Alfombras que brillan por su limpieza, grandes ventanales y un patio de comidas nos dan la bienvenida. No hay puestos de garrapiñadas ni cocacoleros. Papas fritas y cerveza es el combo elegido por los espectadores, que esperan hasta último momento para ocupar sus lugares.

Perfectamente acomodados, desde nuestros asientos apreciamos el orden que impera en el estadio. Los pasillos, sin gente. Las luces se apagan y todas las miradas se dirigen al centro del escenario. El primer acorde suena. No se escuchan aplausos ni gritos. Solo el dulce sonido de la guitarra. Enfrente tenemos a parte de la historia viva del rock mundial. La gente parece no percibirlo. Sólo algunos se aventuran a aplaudir.

El repertorio musical continua mientras Clapton demuestra en cada canción por qué grabó junto a los Beatles y los Rolling Stones entre otros monstruos de la historia de la música. A pesar del recibimiento frío, el recital tiene su momento de fervor. La inconfundible melodía de “Layla” hace despegar de su asiento a muchos de los presentes, que no se vuelven a sentar hasta que no termina la seguidilla de hits, entre los que suenan “Cocaine”,  “Wonderful Tonight” y “Before acuse Me”.

Una hora y media después del comienzo, termina el show. Un frío saludo por ambas partes, le pone el broche final a una jornada de blues y rock and roll. Tan sólo 15 minutos bastaron para que las 12 mil personas que concurrieron al show vaciaran el estadio. Nosotros en cambio, permanecimos sentados en la puerta del Vector Arena sin poder creer que vimos y escuchamos a una de las leyendas de la historia musical. Un grande de la guitarra que reunió en una noche a distintas generaciones y culturas a través de su música.

« Older Posts